martes, 8 de julio de 2014

Las mañanas de Febrero

... traían el olor del café con leche y los cruasanes recién horneados. Le gustaba viajar a través de los olores que la trasladaban a tiempos lejanos, llenos de risas y amor. Se preguntaba, a veces, si es que había perdido todas aquellas cosas pero otras veces simplemente se decía que las cosas simplemente habían cambiado de rumbo, y que debía disfrutar de todo. De las risas de los niños. Del olor de la humedad en el aire. De las sombras que las nubes dibujaban en los prados que observaba desde la ventana del autobús. Del ronroneo de su gatito y del calor tibio de la taza llena de té de menta en su mano.

Descubrió que aquellas mañanas de Febrero le evocaban canciones e historias nuevas, y aprendió a quererlas, desarrollarlas, amarlas y respetarlas. Porque siempre hay que respetar lo que crean las personas, siempre que sea respetable. Así que creó nuevas vidas, personas y mundos y se llenó de las lecciones de cada creación.

Conoció personas nuevas, llenas de sonrisas, anécdotas y vida. Así que se dejó querer, amar y valorar. Dejó que sus brazos la rodeasen y sus voces la meciesen en una tranquila nana que la dejaba siempre traspuesta, como en las mañanas de Noviembre. Pero en las de Febrero siempre se sentía viva y llena, así que corría por la ciudad, riendo bajo la lluvia o el sol, siempre con una lágrima brotando de uno de sus ojos. Llena de un algo nuevo que no podía entender pero que la hacía sentir tan completa que dejó de preguntarse qué era. Excepto en algunas mañanas de Febrero, con una taza de té y los calcetines de lana resbalando por sus pantorrillas.