miércoles, 5 de noviembre de 2014
Ya, bueno, no era como si no hubiese estado lloviendo durante días. Parecía que el sol no iba a volver a salir nunca más de entre las nubes y que las gotas jamás dejarían de estrellarse contra el suelo. Esa era la impresión de May, perdida entre nubes de vapor y cristales empañados. Aquel tiempo gris le recordaba a ella misma, como si su alma se reflejase en el cielo eternamente encapotado. Había perdido toda esperanza de poder salir a caminar, hacer yoga en el parque del centro, rodeada de charcos y del olor a tierra mojada y luego ir a tomarse un café en Starbucks. Torciendo la boca se dio cuenta también de que realmente había perdido la esperanza para cualquier cosa. Es lo que tienen los corazones rotos, no te dejan nada.
sábado, 18 de octubre de 2014
Repiqueteo.
Algunos días el cielo parece gris, y las nubes son de alquitrán. Suenan las campanas de las iglesias. Un sonido de lamentos. Lúgubre y lento, que se propaga por los corazones y hace que todos se pregunten quién ha sido esta vez. Dime que tu las oyes también. Dentro de ti... ¿No escuchas el constante golpeteo contra tu pecho, como una ola que rompe contra las rocas del desfiladero? ¿No te recuerda aquella tarde de Noviembre en la que terminó una parte de nosotros y nunca fuimos capaces de solucionarnos? ¿No piensas en ello a veces...?
viernes, 22 de agosto de 2014
Desgrana su risa, percibe los matices. ¿Qué quiere decirte con esa mirada, llena a rebosar de vacíos y dudas? ¿Cuántas palabras se traga cuando te habla? ¿Cuánto te desea, te ama? Siempre queda la imaginación, los recuerdos que nunca pasaron; el vacío en tu cama, que aprovechas para imaginarla a tu lado.
Suenan las voces de las personas de la calle, y te preguntas cuánto queda para Septiembre, para volver a verla. Si acaso ella cuenta lo días, como tú. Si es que querrá verte. Y abrazarte. Y estampar su boca en la tuya, en un beso húmedo y tierno. Tierno y caliente. Caliente y lento. Porque ella es así, como sus besos. No puede haber nada perfecto.
Suenan las voces de las personas de la calle, y te preguntas cuánto queda para Septiembre, para volver a verla. Si acaso ella cuenta lo días, como tú. Si es que querrá verte. Y abrazarte. Y estampar su boca en la tuya, en un beso húmedo y tierno. Tierno y caliente. Caliente y lento. Porque ella es así, como sus besos. No puede haber nada perfecto.
martes, 8 de julio de 2014
Las mañanas de Febrero
... traían el olor del café con leche y los cruasanes recién horneados. Le gustaba viajar a través de los olores que la trasladaban a tiempos lejanos, llenos de risas y amor. Se preguntaba, a veces, si es que había perdido todas aquellas cosas pero otras veces simplemente se decía que las cosas simplemente habían cambiado de rumbo, y que debía disfrutar de todo. De las risas de los niños. Del olor de la humedad en el aire. De las sombras que las nubes dibujaban en los prados que observaba desde la ventana del autobús. Del ronroneo de su gatito y del calor tibio de la taza llena de té de menta en su mano.
Descubrió que aquellas mañanas de Febrero le evocaban canciones e historias nuevas, y aprendió a quererlas, desarrollarlas, amarlas y respetarlas. Porque siempre hay que respetar lo que crean las personas, siempre que sea respetable. Así que creó nuevas vidas, personas y mundos y se llenó de las lecciones de cada creación.
Conoció personas nuevas, llenas de sonrisas, anécdotas y vida. Así que se dejó querer, amar y valorar. Dejó que sus brazos la rodeasen y sus voces la meciesen en una tranquila nana que la dejaba siempre traspuesta, como en las mañanas de Noviembre. Pero en las de Febrero siempre se sentía viva y llena, así que corría por la ciudad, riendo bajo la lluvia o el sol, siempre con una lágrima brotando de uno de sus ojos. Llena de un algo nuevo que no podía entender pero que la hacía sentir tan completa que dejó de preguntarse qué era. Excepto en algunas mañanas de Febrero, con una taza de té y los calcetines de lana resbalando por sus pantorrillas.
Descubrió que aquellas mañanas de Febrero le evocaban canciones e historias nuevas, y aprendió a quererlas, desarrollarlas, amarlas y respetarlas. Porque siempre hay que respetar lo que crean las personas, siempre que sea respetable. Así que creó nuevas vidas, personas y mundos y se llenó de las lecciones de cada creación.
Conoció personas nuevas, llenas de sonrisas, anécdotas y vida. Así que se dejó querer, amar y valorar. Dejó que sus brazos la rodeasen y sus voces la meciesen en una tranquila nana que la dejaba siempre traspuesta, como en las mañanas de Noviembre. Pero en las de Febrero siempre se sentía viva y llena, así que corría por la ciudad, riendo bajo la lluvia o el sol, siempre con una lágrima brotando de uno de sus ojos. Llena de un algo nuevo que no podía entender pero que la hacía sentir tan completa que dejó de preguntarse qué era. Excepto en algunas mañanas de Febrero, con una taza de té y los calcetines de lana resbalando por sus pantorrillas.
miércoles, 25 de junio de 2014
De dunas y lluvia.
Siempre piensa en ella como un montón de dunas doradas. Suben y bajan, suaves y trémulas. Siempre le parece que ella va a desaparecer con el viento; que se va a deshacer en el aire y se va a ir lejos. Tan lejos que jamás podría volverla a ver. Tan lejos que no la podría reconocer.
La observa siempre que puede. Su manera de fumar esos cigarrillos largos y finos siempre le parece tierna y erótica a la vez, y suele preguntarse en qué está pensando cuando mira el cristal de la ventaña empañado mientras la lluvia cae de nuevo, en esa carrera hacia la muerte.
-Cuando era niña odiaba la lluvia, pero ahora es lo que más me gusta de todo el mundo.
Su voz es suave y se eleva en el aire como las volutas de humo gris, despacio, sin prisa. Sabe que le gustan mil cosas más de este mundo, como los yogures de fresa, el café con leche, las galletas de mantequilla y el bacon. Pero también sabe que cuando habla de la lluvia también habla de todas las veces que sintió que triunfaba de alguna forma. Y se pregunta si las dunas de su cuerpo, tan suaves, tersas, brillantes y olorosas algún día le van a pertenecer tanto como él le pertenece a ella.
-No soy más que una adicta a la nicotina y la cafeína, no pierdas el tiempo soñando.
Pero sueña, y cree que ella también lo hace; al menos una vez a la semana, cuando lo llama para que vuelva a su casa, a su cama y a sus dunas de arena, que la hacen tan mujer.
-No podría dejarte salir bajo la lluvia.
Ella alza una ceja rubia y lo mira con sus ojos verdes. A veces son verdes como el musgo; otras veces le recuerdan el verde de un prado.
-La arena bajo el agua no se convierte en nada más que barro.
Ella se ríe, risueña. Ve cómo el humo gris la envuelve, cómo la camisa que le ha quitado se abre, revelando la curva de su hombro y su clavícula. La mira y piensa que él sería su lluvia que la embarre, o el viento que la llevara lejos de todo.
Porque la chica rubia, de cuerpo de arena, no es más que una más de esas almas atrapadas en mundos de sombras, nicotina y café.
La observa siempre que puede. Su manera de fumar esos cigarrillos largos y finos siempre le parece tierna y erótica a la vez, y suele preguntarse en qué está pensando cuando mira el cristal de la ventaña empañado mientras la lluvia cae de nuevo, en esa carrera hacia la muerte.
-Cuando era niña odiaba la lluvia, pero ahora es lo que más me gusta de todo el mundo.
Su voz es suave y se eleva en el aire como las volutas de humo gris, despacio, sin prisa. Sabe que le gustan mil cosas más de este mundo, como los yogures de fresa, el café con leche, las galletas de mantequilla y el bacon. Pero también sabe que cuando habla de la lluvia también habla de todas las veces que sintió que triunfaba de alguna forma. Y se pregunta si las dunas de su cuerpo, tan suaves, tersas, brillantes y olorosas algún día le van a pertenecer tanto como él le pertenece a ella.
-No soy más que una adicta a la nicotina y la cafeína, no pierdas el tiempo soñando.
Pero sueña, y cree que ella también lo hace; al menos una vez a la semana, cuando lo llama para que vuelva a su casa, a su cama y a sus dunas de arena, que la hacen tan mujer.
-No podría dejarte salir bajo la lluvia.
Ella alza una ceja rubia y lo mira con sus ojos verdes. A veces son verdes como el musgo; otras veces le recuerdan el verde de un prado.
-La arena bajo el agua no se convierte en nada más que barro.
Ella se ríe, risueña. Ve cómo el humo gris la envuelve, cómo la camisa que le ha quitado se abre, revelando la curva de su hombro y su clavícula. La mira y piensa que él sería su lluvia que la embarre, o el viento que la llevara lejos de todo.
Porque la chica rubia, de cuerpo de arena, no es más que una más de esas almas atrapadas en mundos de sombras, nicotina y café.
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