Siempre piensa en ella como un montón de dunas doradas. Suben y bajan, suaves y trémulas. Siempre le parece que ella va a desaparecer con el viento; que se va a deshacer en el aire y se va a ir lejos. Tan lejos que jamás podría volverla a ver. Tan lejos que no la podría reconocer.
La observa siempre que puede. Su manera de fumar esos cigarrillos largos y finos siempre le parece tierna y erótica a la vez, y suele preguntarse en qué está pensando cuando mira el cristal de la ventaña empañado mientras la lluvia cae de nuevo, en esa carrera hacia la muerte.
-Cuando era niña odiaba la lluvia, pero ahora es lo que más me gusta de todo el mundo.
Su voz es suave y se eleva en el aire como las volutas de humo gris, despacio, sin prisa. Sabe que le gustan mil cosas más de este mundo, como los yogures de fresa, el café con leche, las galletas de mantequilla y el bacon. Pero también sabe que cuando habla de la lluvia también habla de todas las veces que sintió que triunfaba de alguna forma.
Y se pregunta si las dunas de su cuerpo, tan suaves, tersas, brillantes y olorosas algún día le van a pertenecer tanto como él le pertenece a ella.
-No soy más que una adicta a la nicotina y la cafeína, no pierdas el tiempo soñando.
Pero sueña, y cree que ella también lo hace; al menos una vez a la semana, cuando lo llama para que vuelva a su casa, a su cama y a sus dunas de arena, que la hacen tan mujer.
-No podría dejarte salir bajo la lluvia.
Ella alza una ceja rubia y lo mira con sus ojos verdes. A veces son verdes como el musgo; otras veces le recuerdan el verde de un prado.
-La arena bajo el agua no se convierte en nada más que barro.
Ella se ríe, risueña. Ve cómo el humo gris la envuelve, cómo la camisa que le ha quitado se abre, revelando la curva de su hombro y su clavícula. La mira y piensa que él sería su lluvia que la embarre, o el viento que la llevara lejos de todo.
Porque la chica rubia, de cuerpo de arena, no es más que una más de esas almas atrapadas en mundos de sombras, nicotina y café.
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