domingo, 7 de junio de 2015

Dios proveerá.

El jardín de la casa de enfrente está destrozado.

La hierba ha desaparecido, aunque recuerda que cuando era niña era de color pajizo y le gustaba agacharse para tocarlo (aunque los demás niños creyesen que ese color enfermizo sólo era la prueba de que aquella tierra era venenosa) porque adoraba rebelarse contra esos tontos niños que la molestaban y contra sí misma. Y contra mamá.

Su madre se llamaba Mirla. Y su nombre le iba que ni pintado. Tenía el pelo negro, lacio, largo y brillante. Su piel era de porcelana y su voz era aguda, pero no un agudo irritante y chirriante. Más bien un agudo suave. Como si cantara a todas horas. También era reservada y no solía compartir sus inquietudes con el resto del mundo. Siempre decía "Dios proveerá", porque al parecer sólo Dios era sabedor de sus inquietudes y sus penas y sus miedos.

A día de hoy sabe que lo que mató a su madre no fue la fe (aunque su padre sigue repitiendo que sí lo fue desde que la enterraron bajo el olmo, junto a la tumba de Makenzy Fall). Más bien fue la testarudez de la propia Mirla, que se negaba a creer que su rosario y sus rezos no serían capaces de arrancarle el tumor. Qué cosas.

Cuando era cría no terminaba de entender por qué la gente se reía de ella, de sus vestidos, de sus peinados o de su forma de hablar. Cuando estaba en el tercer año de instituto tuvo que leer "Carrie" y de repente mucha gente dejó de molestarla. Porque leer ese libro fue como leerse a sí misma. Sólo que sin la parte de la telequinesis. Y ella sí sabía lo que era la regla cuando le bajó por primera vez. Esa quizás era la otra diferencia entre Carrie y ella (Jenna, se llamaba Jenna. JennaJennaJennaJenna escribía a lápiz una y otra vez en lo márgenes de sus cuadernos, como si temiera olvidar quien era): su madre creía en Dios, y amaba a Dios, y era una devota que habría entregado su alma por, para y a Dios, pero también cuidaba de su hija.

"Son amores diferentes, Jenna. Dios nos ama como yo te amo a ti, porque es nuestro padre y creador. Somos sus hijos igual que tú eres mi hija.

No tenía ningún sentido, pero a estas alturas ha dejado de intentar entender a lo que se refería su madre siempre que hablaba de amor. Amar, en casa de los padres de Jenna, era rezar el Padre Nuestro antes de comer, era decir "Dios te bendiga" antes de salir de casa, era recibir un rosario cada año por su cumpleaños, era ser "Mi pedazo de cielo" o "Mi regalo del Señor". Amar, para la madre de Jenna, estaba ligado a la promesa de una tierra maravillosa que sólo podría ver el día en que muriese.

Ahora...

Ahora ya no lo sabe.

Cuando mira el césped del jardín de la casa de enfrente, vacío y gris, se pregunta cuan oscuro es el ataúd donde descansan los huesos de Mirla. Se pregunta por qué los rezos, el rosario y esa devoción pura que sentía su madre hacia el Señor no fueron suficientes para curarla y darle unos años más. Se pregunta por qué sigue dudando cuando su madre, antes de morir, sólo dijo "Me lleva con él porque es lo que quiere, porque él así lo ha decidido. Jenna, no pongas en duda las acciones del Señor, porque él es sabio y sabe lo que hace. Acuérdate. Dios proveerá.".

Dios proveerá. Dios proveerá. Dios proveerá.

¿El qué?

miércoles, 3 de junio de 2015

La primera vez que ocurrió hacía poco que se conocían. Ella llegó a las tantas de la noche con el pelo pegado a la cara, el abrigo empapado y el corazón destrozado. Quién sabe por qué. El caso es que esa situación se repitió varias veces. A veces dos veces a la semana. Otras veces una vez al mes. El caso es que ella siempre volvía para llenar su casa con su risa y empapar las sábanas con su perfume.

Olía bien. A mujer. A niña rota. A bosque perdido en mitad de la nada. A la arena caliente de una playa. Tenía curvas firmes y suaves que se deslizaban bajo sus dedos como seda. Tenía el pelo largo, de color chocolate, olía a cualquiera que fuese su acondicionador y le encantaba ver cómo se esparcía por las almohadas cada vez que se metía bajo su piel. Tenía los labios dibujados y la curva de su espalda le recordaba a la de una vieja carretera por la que paseaba en bicicleta en verano cuando era un crío.

Se llamaba Alabama. Y era preciosa.

Fumaba demasiado, insultaba a todo el mundo con una sonrisa y parecía soltar sarcasmo con cada exhalación. Era puro veneno. Era su droga y la adoraba con cada pedazo de su ser. Pero Alabama sólo disfrutaba de las cosas cortas e intensas. Por eso siempre le decía que algún día se iría y no la volvería a ver hasta que estuviese preparada para enfrentarse a la vida real. Tenía veintitrés años, pero cuando la miraba a los ojos le parecía ver que tenía la experiencia de aquellos que han vivido ochenta.

Pero se reía. A carcajadas. Se retorcía bajo sus dedos cuando le hacía cosquillas. Desordenaba la casa entera siempre que buscaba un bolígrafo para dejarle alguna nota estúpida en la nevera. Tenía las llaves de su casa, de su corazón, de su vida. Se paseaba en bragas por el salón, regaba las plantas de su balcón llevando sólo una camiseta y a veces fumaba mientras se daba un baño.

―Hola, amor ― decía con el pecho a penas cubierto por la espuma blanca ― ¿Qué tal el día?

Él sólo quería hablarle de cuantas veces la había imaginado a su lado y que necesitaba recordar a qué sabía su boca. Pero siempre se encogía de hombros y le decía que había sido un día normal. Pero sabía que ella presentía todo lo que se callaba. Y también sabía que ella agradecía que nunca le dijera esas cosas.

Cuando desapareció no fue como suelen desaparecer las protagonistas de los libros. No fue durante una noche de Noviembre durante tormenta después de discutir, con lágrimas rodando por las mejillas y la promesa de un beso en la mejilla. Fue una mañana de Julio, soleada y calurosa. La acompañó hasta el andén, la abrazó, le prometió que no la olvidaría y la vio marcharse. Observó, callado y casi destrozado, la forma en la que ella sujetaba el sombrero con el que se protegía del sol para que no saliera volando. Y se sintió morir cuando, al girarse ella, leyó que sus labios soltaban las palabras que siempre había querido decirle.