miércoles, 3 de junio de 2015

La primera vez que ocurrió hacía poco que se conocían. Ella llegó a las tantas de la noche con el pelo pegado a la cara, el abrigo empapado y el corazón destrozado. Quién sabe por qué. El caso es que esa situación se repitió varias veces. A veces dos veces a la semana. Otras veces una vez al mes. El caso es que ella siempre volvía para llenar su casa con su risa y empapar las sábanas con su perfume.

Olía bien. A mujer. A niña rota. A bosque perdido en mitad de la nada. A la arena caliente de una playa. Tenía curvas firmes y suaves que se deslizaban bajo sus dedos como seda. Tenía el pelo largo, de color chocolate, olía a cualquiera que fuese su acondicionador y le encantaba ver cómo se esparcía por las almohadas cada vez que se metía bajo su piel. Tenía los labios dibujados y la curva de su espalda le recordaba a la de una vieja carretera por la que paseaba en bicicleta en verano cuando era un crío.

Se llamaba Alabama. Y era preciosa.

Fumaba demasiado, insultaba a todo el mundo con una sonrisa y parecía soltar sarcasmo con cada exhalación. Era puro veneno. Era su droga y la adoraba con cada pedazo de su ser. Pero Alabama sólo disfrutaba de las cosas cortas e intensas. Por eso siempre le decía que algún día se iría y no la volvería a ver hasta que estuviese preparada para enfrentarse a la vida real. Tenía veintitrés años, pero cuando la miraba a los ojos le parecía ver que tenía la experiencia de aquellos que han vivido ochenta.

Pero se reía. A carcajadas. Se retorcía bajo sus dedos cuando le hacía cosquillas. Desordenaba la casa entera siempre que buscaba un bolígrafo para dejarle alguna nota estúpida en la nevera. Tenía las llaves de su casa, de su corazón, de su vida. Se paseaba en bragas por el salón, regaba las plantas de su balcón llevando sólo una camiseta y a veces fumaba mientras se daba un baño.

―Hola, amor ― decía con el pecho a penas cubierto por la espuma blanca ― ¿Qué tal el día?

Él sólo quería hablarle de cuantas veces la había imaginado a su lado y que necesitaba recordar a qué sabía su boca. Pero siempre se encogía de hombros y le decía que había sido un día normal. Pero sabía que ella presentía todo lo que se callaba. Y también sabía que ella agradecía que nunca le dijera esas cosas.

Cuando desapareció no fue como suelen desaparecer las protagonistas de los libros. No fue durante una noche de Noviembre durante tormenta después de discutir, con lágrimas rodando por las mejillas y la promesa de un beso en la mejilla. Fue una mañana de Julio, soleada y calurosa. La acompañó hasta el andén, la abrazó, le prometió que no la olvidaría y la vio marcharse. Observó, callado y casi destrozado, la forma en la que ella sujetaba el sombrero con el que se protegía del sol para que no saliera volando. Y se sintió morir cuando, al girarse ella, leyó que sus labios soltaban las palabras que siempre había querido decirle.

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