"Amor" decía con la voz contenida y los ojos perdidos. Ojos pantanosos, aterradores. Se clavaban en el alma y prometían tantas cosas que parecía irreal el que existieran tantas palabras.
"Amor"decía yo con la sensación de tener gusanos reptando por la garganta. Un sucesión de arcadas ácidas, un dolor punzante en el pecho (ahí donde ya no quedaba nada, sólo un enorme, negro y profundo vacío que amenazaba con tragarme en el día más inesperado) que me dejaba sin aire más veces de las que quería admitir.
Quemaba su veneno en mis entañas a todas horas. Un toque breve pero intenso que me dejaba sin ganas de vivir, sin ganas de llorar, sin ganas de ser. De existir. Le puso pecio a cada parte de mí, cada recoveco de quien era, etiquetó cada vestigio de la persona que podía ser. Un precio miserable, una palabra lamentable, y algo dentro de mí se retocía de ira y asco cada vez que la decía. ("Nada. No eres nada. No vas a ser nada") pero el terror me estrechaba la garganta y sólo quedaba espacio para que salieran súplicas.
"¿Cuán hipócrita eres al suplicar por tu vida cuando lo único que te traería paz sería acabarla?" me pregunté una de tantas mañanas que pasé enterrada bajo su peso, rodeada de recuerdos difusos, oculta entre las sábanas azules. "¿Qué va a quedar de este cuerpo maltrecho y de esta alma rota cuando esto termine? ¿Voy a querer con la misma ciega intensidad? ¿Voy a poder vendar cada corte? ¿Van a quedarme ganas?".
Y en sus ojos verdes a penas había cariño, aunque sí veía la enorme y brillante satisfacción de tenerme a su lado, doblegada y sumisa, donde también había hueco para la ira sedienta de golpes cada vez que tuve el valor de rebelarme. "Preciosa" decía cada vez que me rompía un poco más, "Peciosa y tan, tan frágil".