martes, 23 de agosto de 2016

"Amor" decía con la voz contenida y los ojos perdidos. Ojos pantanosos, aterradores. Se clavaban en el alma y prometían tantas cosas que parecía irreal el que existieran tantas palabras. 

"Amor"decía yo con la sensación de tener gusanos reptando por la garganta. Un sucesión de arcadas ácidas, un dolor punzante en el pecho (ahí donde ya no quedaba nada, sólo un enorme, negro y profundo vacío que amenazaba con tragarme en el día más inesperado) que me dejaba sin aire más veces de las que quería admitir.

Quemaba su veneno en mis entañas a todas horas. Un toque breve pero intenso que me dejaba sin ganas de vivir, sin ganas de llorar, sin ganas de ser. De existir. Le puso pecio a cada parte de mí, cada recoveco de quien era, etiquetó cada vestigio de la persona que podía ser. Un precio miserable, una palabra lamentable, y algo dentro de mí se retocía de ira y asco cada vez que la decía. ("Nada. No eres nada. No vas a ser nada") pero el terror me estrechaba la garganta y sólo quedaba espacio para que salieran súplicas. 

"¿Cuán hipócrita eres al suplicar por tu vida cuando lo único que te traería paz sería acabarla?" me pregunté una de tantas mañanas que pasé enterrada bajo su peso, rodeada de recuerdos difusos, oculta entre las sábanas azules. "¿Qué va a quedar de este cuerpo maltrecho y de esta alma rota cuando esto termine? ¿Voy a querer con la misma ciega intensidad? ¿Voy a poder vendar cada corte? ¿Van a quedarme ganas?". 

Y en sus ojos verdes a penas había cariño, aunque sí veía la enorme y brillante satisfacción de tenerme a su lado, doblegada y sumisa, donde también había hueco para la ira sedienta de golpes cada vez que tuve el valor de rebelarme. "Preciosa" decía cada vez que me rompía un poco más, "Peciosa y tan, tan frágil".

domingo, 8 de mayo de 2016

Oh...

—Eh...

Voz suave susurrada y ojos perdidos en la oscuridad.  

Sólo quiere escucharla a ella, así que desliza la punta de sus dedos por el brazo desnudo que rodea su pecho (es tan pequeña comparada con él. diminuta y preciosa, encajada con gracia bajo su brazo, sus labios rojos rozando su oído) y besa su largo cabello color miel.

—¿Cuando nos vamos a enamorar?

Quizás debería estar ya acostumbrado a sus raras preguntas. Quizás la breve sinceridad de este pequeño angel ya no debería chocarle. Y, sin duda, el hecho de que sea tan abierta con respecto a sus emociones sea algo maravilloso, pero cuando no sabe qué decirle deja de estar tan seguro de ello.

—¿Deberíamos estarlo?

—Quizás sí — contesta separandose de él, dejando la sábana recorrer su espalda hasta el final de su cintura —, no me he parado a pensarlo detalladamente.

(va a encender una vela. seguramente la que huele a canela y miel, porque estan hablando de cosas profundas y sólo la enciende cuando quiere estar segura de que va a saber mantener sus malas palabras en el fondo de laa garganta).

—Si me lo has preguntado es porque en algún momento te lo has planteado.

Ella frunce el ceño y tuerce la boca, un gesto que sólo ve cuando está contrariada (ó no recuerda lo que iba a hacer y por qué está en una habitación.) y que le deja claro que acaba de ganar un punto en esta discusión. Con ella todo son peleas. Peleas que parecen debates; peleas llenas de besos y gestos tiernos. Pero peleas al fin y al cabo.

—¿Podrías quererme?

Cuando la mira a los ojos sabe que ya ha perdido.   

sábado, 5 de marzo de 2016

Probablemente sea la última vez que te vea. Probablemente debería decirte todas las cosas que callé en su momento. Probablemente me arepentiré durante lo que me quede de vida si no te hablo de todas las veces que he querido decirte quien eres (quien fuiste) en esta etapa miserable.

Un parche.

Una tirita inútil con la que he estado tratando de parar una hemorragia que amenaza con matarme desde hace meses.

He querido tantas cosas, todas ellas tan descabelladas e inútiles, que me he visto superada por el tamaño de mis deseos más frívolos. Asi que supongo que buscarte, tenerte y perderte a diario sólo han sido mi forma de creer que tenía el control sobre mi misma.

Eres el culmen de toda mi decadencia. El orgasmo prohibido, el terror más aberrante. El escalofrío que me recorre las piernas cuando salgo de la cama en medio de la noche, el tinte que se queda pegado a las toallas cada vez que me lavo el pelo. Eres lo que saca lo peor y lo mejor de mi sólo con existir.

Porque existes. Y me haces dudar de mi misma. Siempre.

martes, 1 de marzo de 2016

―Te quiero.

A pesar de que sus manos tiemblan, su voz no flaquea. A pesar del nudo en la garganta, del aire atascado en el pecho, de las ganas de llorar al saber que todo es mentira. No sabe si es valiente o una necia por amar a este demonio que convierte cada instante de su vida en algo miserable. ¿Puede saberlo a estas alturas? ¿Puede estar segura de que lo que ha creado entre lo que ve y lo que existe es real?

¿Ha perdido ya la capacidad de comprender qué es lo que diferencia esta emoción lacerante de todas las demás? No puede estar celosa, no puede ser una envidiosa, no puede desearle lo peor a nadie. Y sin embargo a veces siente todo eso y más creciendo en su pecho. Un vacío que desconoce que vuelve a llenarse con una intensidad arrasadora; una intensidad que la deja sin aire, sin conciencia. Una que se muere por desterrar de su interior, que la convierte en algo que no es. Que no desea.

"El primer paso para cambiar el mundo es hacer un cambio en ti misma" le dijeron una tarde, hace ya tantos meses que podría haber sido años. Recuerda que las tazas humeaban, que sus zapatos nuevos le hacían daño y que, seguramente, un rayo de sol deslumbraba en alguna otra parte del mundo. "¿Y qué hay que hacer para empezar a cambiarte a ti misma? preguntó a su acompañante después de que apartara sus ojos para mirar a la calla.

―Quererte ― repite con el tono con el que lo dijo él aquella vez ― Quererte... Como lo que eres. Ser de luz, de belleza intensa. Hecha de polvo de estrellas y todas las cosas bonitas y buenas del universo. Ser de sonrisa eterna y amor incondicional para ti y para el mundo. Quererte.

Cuando se vuelve a mirar al espejo se estudia detenidamente.

¿Se puede querer algo que está muerto?
 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Velas y té.

Juega con las emociones

Con las suyas.
Con las de él.
Con las de toda criatura que se implique con ella más de unos días.

Se ha convertido, con la fuerza arrasadora de una ola y el ardor asfixiante de una llama, en la droga de toda alma que la ha deseado con el fervor de una plegaria. 
 

viernes, 3 de julio de 2015

Luces

Cuando enciende las luces no se mira en los espejos porque tiene la sensación de que si lo hace en cualquier momento algo va a salir del espejo y se la va a llevar y la va a devorar y la va a aniquilar.

Cuando piensa en ese miedo que le tiene a cualquier objeto reflectante no puede evitar pensar lo ridículo que es. Pero vive. A escondidas y llena de secretos. Pero vive. Y eso es más que suficiente.

domingo, 7 de junio de 2015

Dios proveerá.

El jardín de la casa de enfrente está destrozado.

La hierba ha desaparecido, aunque recuerda que cuando era niña era de color pajizo y le gustaba agacharse para tocarlo (aunque los demás niños creyesen que ese color enfermizo sólo era la prueba de que aquella tierra era venenosa) porque adoraba rebelarse contra esos tontos niños que la molestaban y contra sí misma. Y contra mamá.

Su madre se llamaba Mirla. Y su nombre le iba que ni pintado. Tenía el pelo negro, lacio, largo y brillante. Su piel era de porcelana y su voz era aguda, pero no un agudo irritante y chirriante. Más bien un agudo suave. Como si cantara a todas horas. También era reservada y no solía compartir sus inquietudes con el resto del mundo. Siempre decía "Dios proveerá", porque al parecer sólo Dios era sabedor de sus inquietudes y sus penas y sus miedos.

A día de hoy sabe que lo que mató a su madre no fue la fe (aunque su padre sigue repitiendo que sí lo fue desde que la enterraron bajo el olmo, junto a la tumba de Makenzy Fall). Más bien fue la testarudez de la propia Mirla, que se negaba a creer que su rosario y sus rezos no serían capaces de arrancarle el tumor. Qué cosas.

Cuando era cría no terminaba de entender por qué la gente se reía de ella, de sus vestidos, de sus peinados o de su forma de hablar. Cuando estaba en el tercer año de instituto tuvo que leer "Carrie" y de repente mucha gente dejó de molestarla. Porque leer ese libro fue como leerse a sí misma. Sólo que sin la parte de la telequinesis. Y ella sí sabía lo que era la regla cuando le bajó por primera vez. Esa quizás era la otra diferencia entre Carrie y ella (Jenna, se llamaba Jenna. JennaJennaJennaJenna escribía a lápiz una y otra vez en lo márgenes de sus cuadernos, como si temiera olvidar quien era): su madre creía en Dios, y amaba a Dios, y era una devota que habría entregado su alma por, para y a Dios, pero también cuidaba de su hija.

"Son amores diferentes, Jenna. Dios nos ama como yo te amo a ti, porque es nuestro padre y creador. Somos sus hijos igual que tú eres mi hija.

No tenía ningún sentido, pero a estas alturas ha dejado de intentar entender a lo que se refería su madre siempre que hablaba de amor. Amar, en casa de los padres de Jenna, era rezar el Padre Nuestro antes de comer, era decir "Dios te bendiga" antes de salir de casa, era recibir un rosario cada año por su cumpleaños, era ser "Mi pedazo de cielo" o "Mi regalo del Señor". Amar, para la madre de Jenna, estaba ligado a la promesa de una tierra maravillosa que sólo podría ver el día en que muriese.

Ahora...

Ahora ya no lo sabe.

Cuando mira el césped del jardín de la casa de enfrente, vacío y gris, se pregunta cuan oscuro es el ataúd donde descansan los huesos de Mirla. Se pregunta por qué los rezos, el rosario y esa devoción pura que sentía su madre hacia el Señor no fueron suficientes para curarla y darle unos años más. Se pregunta por qué sigue dudando cuando su madre, antes de morir, sólo dijo "Me lleva con él porque es lo que quiere, porque él así lo ha decidido. Jenna, no pongas en duda las acciones del Señor, porque él es sabio y sabe lo que hace. Acuérdate. Dios proveerá.".

Dios proveerá. Dios proveerá. Dios proveerá.

¿El qué?