martes, 1 de marzo de 2016

―Te quiero.

A pesar de que sus manos tiemblan, su voz no flaquea. A pesar del nudo en la garganta, del aire atascado en el pecho, de las ganas de llorar al saber que todo es mentira. No sabe si es valiente o una necia por amar a este demonio que convierte cada instante de su vida en algo miserable. ¿Puede saberlo a estas alturas? ¿Puede estar segura de que lo que ha creado entre lo que ve y lo que existe es real?

¿Ha perdido ya la capacidad de comprender qué es lo que diferencia esta emoción lacerante de todas las demás? No puede estar celosa, no puede ser una envidiosa, no puede desearle lo peor a nadie. Y sin embargo a veces siente todo eso y más creciendo en su pecho. Un vacío que desconoce que vuelve a llenarse con una intensidad arrasadora; una intensidad que la deja sin aire, sin conciencia. Una que se muere por desterrar de su interior, que la convierte en algo que no es. Que no desea.

"El primer paso para cambiar el mundo es hacer un cambio en ti misma" le dijeron una tarde, hace ya tantos meses que podría haber sido años. Recuerda que las tazas humeaban, que sus zapatos nuevos le hacían daño y que, seguramente, un rayo de sol deslumbraba en alguna otra parte del mundo. "¿Y qué hay que hacer para empezar a cambiarte a ti misma? preguntó a su acompañante después de que apartara sus ojos para mirar a la calla.

―Quererte ― repite con el tono con el que lo dijo él aquella vez ― Quererte... Como lo que eres. Ser de luz, de belleza intensa. Hecha de polvo de estrellas y todas las cosas bonitas y buenas del universo. Ser de sonrisa eterna y amor incondicional para ti y para el mundo. Quererte.

Cuando se vuelve a mirar al espejo se estudia detenidamente.

¿Se puede querer algo que está muerto?
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario