jueves, 9 de abril de 2015
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Tiene ojos de caramelo y se pasa los días en la cama. Sueña, a veces, mientras mira por la ventana. Duerme, a veces, cuando el dolor se lo permite. Las horas se diluyen en el aire, como el azúcar que echa en el café. Disfruta de los segundos de eternidad y se deja mecer por el arrullo ligero de su respiración. Así vive. Como muerta, como ida. Pero vive. A veces escucha el lejano sonido de un piano. Le dicen que es Debussy, y ella imagina sus dedos pálidos acariciando las teclas del instrumento. Y sus pies danzando las notas. Y sus labios estirados en una sonrisa. Y sus brazos alargados hacia el cielo, como si pudiera tocarlo, alcanzarlo, agarrarlo. Quemarlo con su roce y su voz de niña perdida. Pero no puede. Así que sueña mirando a la ventana, y se imagina la vida de todos los que pasean por la calle. Y conversa con el silencio a penas roto por el piano que está lejos.
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