miércoles, 16 de diciembre de 2015

Velas y té.

Juega con las emociones

Con las suyas.
Con las de él.
Con las de toda criatura que se implique con ella más de unos días.

Se ha convertido, con la fuerza arrasadora de una ola y el ardor asfixiante de una llama, en la droga de toda alma que la ha deseado con el fervor de una plegaria. 
 

viernes, 3 de julio de 2015

Luces

Cuando enciende las luces no se mira en los espejos porque tiene la sensación de que si lo hace en cualquier momento algo va a salir del espejo y se la va a llevar y la va a devorar y la va a aniquilar.

Cuando piensa en ese miedo que le tiene a cualquier objeto reflectante no puede evitar pensar lo ridículo que es. Pero vive. A escondidas y llena de secretos. Pero vive. Y eso es más que suficiente.

domingo, 7 de junio de 2015

Dios proveerá.

El jardín de la casa de enfrente está destrozado.

La hierba ha desaparecido, aunque recuerda que cuando era niña era de color pajizo y le gustaba agacharse para tocarlo (aunque los demás niños creyesen que ese color enfermizo sólo era la prueba de que aquella tierra era venenosa) porque adoraba rebelarse contra esos tontos niños que la molestaban y contra sí misma. Y contra mamá.

Su madre se llamaba Mirla. Y su nombre le iba que ni pintado. Tenía el pelo negro, lacio, largo y brillante. Su piel era de porcelana y su voz era aguda, pero no un agudo irritante y chirriante. Más bien un agudo suave. Como si cantara a todas horas. También era reservada y no solía compartir sus inquietudes con el resto del mundo. Siempre decía "Dios proveerá", porque al parecer sólo Dios era sabedor de sus inquietudes y sus penas y sus miedos.

A día de hoy sabe que lo que mató a su madre no fue la fe (aunque su padre sigue repitiendo que sí lo fue desde que la enterraron bajo el olmo, junto a la tumba de Makenzy Fall). Más bien fue la testarudez de la propia Mirla, que se negaba a creer que su rosario y sus rezos no serían capaces de arrancarle el tumor. Qué cosas.

Cuando era cría no terminaba de entender por qué la gente se reía de ella, de sus vestidos, de sus peinados o de su forma de hablar. Cuando estaba en el tercer año de instituto tuvo que leer "Carrie" y de repente mucha gente dejó de molestarla. Porque leer ese libro fue como leerse a sí misma. Sólo que sin la parte de la telequinesis. Y ella sí sabía lo que era la regla cuando le bajó por primera vez. Esa quizás era la otra diferencia entre Carrie y ella (Jenna, se llamaba Jenna. JennaJennaJennaJenna escribía a lápiz una y otra vez en lo márgenes de sus cuadernos, como si temiera olvidar quien era): su madre creía en Dios, y amaba a Dios, y era una devota que habría entregado su alma por, para y a Dios, pero también cuidaba de su hija.

"Son amores diferentes, Jenna. Dios nos ama como yo te amo a ti, porque es nuestro padre y creador. Somos sus hijos igual que tú eres mi hija.

No tenía ningún sentido, pero a estas alturas ha dejado de intentar entender a lo que se refería su madre siempre que hablaba de amor. Amar, en casa de los padres de Jenna, era rezar el Padre Nuestro antes de comer, era decir "Dios te bendiga" antes de salir de casa, era recibir un rosario cada año por su cumpleaños, era ser "Mi pedazo de cielo" o "Mi regalo del Señor". Amar, para la madre de Jenna, estaba ligado a la promesa de una tierra maravillosa que sólo podría ver el día en que muriese.

Ahora...

Ahora ya no lo sabe.

Cuando mira el césped del jardín de la casa de enfrente, vacío y gris, se pregunta cuan oscuro es el ataúd donde descansan los huesos de Mirla. Se pregunta por qué los rezos, el rosario y esa devoción pura que sentía su madre hacia el Señor no fueron suficientes para curarla y darle unos años más. Se pregunta por qué sigue dudando cuando su madre, antes de morir, sólo dijo "Me lleva con él porque es lo que quiere, porque él así lo ha decidido. Jenna, no pongas en duda las acciones del Señor, porque él es sabio y sabe lo que hace. Acuérdate. Dios proveerá.".

Dios proveerá. Dios proveerá. Dios proveerá.

¿El qué?

miércoles, 3 de junio de 2015

La primera vez que ocurrió hacía poco que se conocían. Ella llegó a las tantas de la noche con el pelo pegado a la cara, el abrigo empapado y el corazón destrozado. Quién sabe por qué. El caso es que esa situación se repitió varias veces. A veces dos veces a la semana. Otras veces una vez al mes. El caso es que ella siempre volvía para llenar su casa con su risa y empapar las sábanas con su perfume.

Olía bien. A mujer. A niña rota. A bosque perdido en mitad de la nada. A la arena caliente de una playa. Tenía curvas firmes y suaves que se deslizaban bajo sus dedos como seda. Tenía el pelo largo, de color chocolate, olía a cualquiera que fuese su acondicionador y le encantaba ver cómo se esparcía por las almohadas cada vez que se metía bajo su piel. Tenía los labios dibujados y la curva de su espalda le recordaba a la de una vieja carretera por la que paseaba en bicicleta en verano cuando era un crío.

Se llamaba Alabama. Y era preciosa.

Fumaba demasiado, insultaba a todo el mundo con una sonrisa y parecía soltar sarcasmo con cada exhalación. Era puro veneno. Era su droga y la adoraba con cada pedazo de su ser. Pero Alabama sólo disfrutaba de las cosas cortas e intensas. Por eso siempre le decía que algún día se iría y no la volvería a ver hasta que estuviese preparada para enfrentarse a la vida real. Tenía veintitrés años, pero cuando la miraba a los ojos le parecía ver que tenía la experiencia de aquellos que han vivido ochenta.

Pero se reía. A carcajadas. Se retorcía bajo sus dedos cuando le hacía cosquillas. Desordenaba la casa entera siempre que buscaba un bolígrafo para dejarle alguna nota estúpida en la nevera. Tenía las llaves de su casa, de su corazón, de su vida. Se paseaba en bragas por el salón, regaba las plantas de su balcón llevando sólo una camiseta y a veces fumaba mientras se daba un baño.

―Hola, amor ― decía con el pecho a penas cubierto por la espuma blanca ― ¿Qué tal el día?

Él sólo quería hablarle de cuantas veces la había imaginado a su lado y que necesitaba recordar a qué sabía su boca. Pero siempre se encogía de hombros y le decía que había sido un día normal. Pero sabía que ella presentía todo lo que se callaba. Y también sabía que ella agradecía que nunca le dijera esas cosas.

Cuando desapareció no fue como suelen desaparecer las protagonistas de los libros. No fue durante una noche de Noviembre durante tormenta después de discutir, con lágrimas rodando por las mejillas y la promesa de un beso en la mejilla. Fue una mañana de Julio, soleada y calurosa. La acompañó hasta el andén, la abrazó, le prometió que no la olvidaría y la vio marcharse. Observó, callado y casi destrozado, la forma en la que ella sujetaba el sombrero con el que se protegía del sol para que no saliera volando. Y se sintió morir cuando, al girarse ella, leyó que sus labios soltaban las palabras que siempre había querido decirle.

domingo, 31 de mayo de 2015

So it's gonna be forever. Or it's gonna go down in flames.

Se llama Lara y está atrapada en una pesadilla que se empeña en adorar. Tiene ojos de caramelo, piel de porcelana y el cabello ardiente. Sus labios siempre están agrietados y a pesar de eso los pinta de rojo. Lleva tres anillos en la mano izquierda y un montón de brazaletes en la muñeca derecha. Se ha acostumbrado a evitar los espejos, los reflejos, las palabras, las personas y el mundo. Bebe porque quiere olvidarse de los fantasmas. Ríe porque muere de amor. Es una contradicción constante, llena de mentiras y secretos que devora entre sueño y sueño. Prefiere los días de lluvia, porque así siente que el universo está algo más de su parte. Hace coronas de flores para tirarlas a las llamas y verlas agonizar, porque así se siente algo más comprendida. Y todo por amor - poramoryporamoryporamoryporamor. Pasa sus noches tumbada en una cama de ilusiones, aunque sabe que va a estrellarse contra la pared llena de realidades a la mañana siguiente. Canta canciones de amor como si pudiera dedicárselas a alguien y siempre sonríe de lado cuando tiene ganas de llorar.

Lara. De toque suave. De risa que suena a cascabeles. Está rota, está destrozada. Con cada paso que da hacia la nada se hunde más en la miseria. Aunque sea fuerte. Y luchadora. Se hunde. Porque es lo que hace la gente que se siente sola.

miércoles, 15 de abril de 2015

*

La última vez que te tuve delante aparté el pelo de tu frente. Oscuro y desordenado, siempre tapándote la cara. Te dije "Te quiero", como siempre que nos despedimos. Dijiste "Y yo a ti" y nos abrazamos. Cuando me dices que me quieres se expande algo aquí. En el pecho. ¿Lo ves? ¿Lo sientes al menos? ¿Puedes entenderlo? Es calidez. Y seguridad. Es la manera en la que me apretabas los dedos al caminar. La forma en la que me molestabas a todas horas. La seguridad en tus palabras cuando había que levantarme del suelo a las cuatro de la mañana. O a las cinco. O a las seis.

Has sido la última persona por la que me he esforzado realmente. Y creo que por eso lo de después ha salido mal. Supongo que es porque sigo rota. Y nos hemos roto el uno al otro un poco con esta ley del silencio. Supongo que soy demasiado orgullosa. O demasiado estúpida. Pero si supieras las cosas que he estado haciendo estarías realmente cabreado. Y molesto. Y todo lo demás. Puedo imaginarte diciéndome "No has luchado para volver a caer en esto".

Pero supongo que sí. Supongo que he perdido. Y que me he perdido. Y que sólo queda el insomnio y el piano y las horas muertas.

jueves, 9 de abril de 2015

¨

Tiene ojos de caramelo y se pasa los días en la cama. Sueña, a veces, mientras mira por la ventana. Duerme, a veces, cuando el dolor se lo permite. Las horas se diluyen en el aire, como el azúcar que echa en el café. Disfruta de los segundos de eternidad y se deja mecer por el arrullo ligero de su respiración. Así vive. Como muerta, como ida. Pero vive. A veces escucha el lejano sonido de un piano. Le dicen que es Debussy, y ella imagina sus dedos pálidos acariciando las teclas del instrumento. Y sus pies danzando las notas. Y sus labios estirados en una sonrisa. Y sus brazos alargados hacia el cielo, como si pudiera tocarlo, alcanzarlo, agarrarlo. Quemarlo con su roce y su voz de niña perdida. Pero no puede. Así que sueña mirando a la ventana, y se imagina la vida de todos los que pasean por la calle. Y conversa con el silencio a penas roto por el piano que está lejos.

sábado, 28 de marzo de 2015

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Son líneas blancas. Tiernas. Adheridas. No se olvidan y tampoco se recuerdan, porque siempre están presentes, y siempre sorprenden. Algunos días parecen brillar de más, y otros ni si quiera las ves aunque las busques. Pero las peores veces son cuando te llaman, y piensas que, a lo mejor, hacerles caso es lo mejor. Las líneas blancas indican el camino.

Algunos dirán que seguir el camino que señalan es de cobardes. O que es el camino fácil. Cuando decides matarte - o al menos decides que quieres matarte - y lo empiezas a planear, aceptas que tu vida se está acabando. Ya está. Se acaba. Porque tú quieres, porque tú así lo decides, es cierto. Pero lo haces. Y no es fácil. Piensas en las cosas que te vas a perder, y en las cosas que amabas - porque ya ni si quiera eres capaz de amar nada de lo que haces - y te preguntas si es que merece la pena.

Y tampoco lo sabes, pero es que te da igual. Y es curioso cómo a veces echo de menos eso. Que me dé igual. El vacío. La nada. El agujero del pecho. Porque son sentimientos y sensaciones que entiendo. No son complejas. Simplemente no sientes nada.

En cambio vivir... A veces vivir me sigue abrumando.

martes, 3 de marzo de 2015

***

Creo que te sigue buscando a veces. Entre las sábanas; entre las miradas perdidas de la gente que se pasea por las aceras; entre las flores de un jardín descuidado; a veces incluso en su propio reflejo. Es como estar muerta. Supongo que todavía no ha comprendido que cuando te marchaste te llevaste algo suyo en el proceso. Su alma. O su vida. O sus ganas de vivir. Pero te sigue llamando entre lágrimas y ha empezado a lastimarse para acordarse de que, a pesar que ya no te tiene, sigues existiendo y tiene que seguir sintiendo al menos algo para poder encontrarte. Dolor. O pena. O miseria. O desazón. Qué más da mientras sea algo. La observo desde lejos, porque no deja que me acerque y nos ha encerrado a todos en una celda que huele a muerte y alegrías yermas. Convive con demonios que la acosan y la maltratan, pero los aguanta para no sentirse sola.

A lo mejor se ha enamorado de esta nueva vida, o quizás simplemente ya no sabe vivir de otra forma. Sé que te recuerda a todas horas, y que te anhela con cada pedazo de su ser. Pero he de decir que incluso Esperanza está perdiendo la esperanza, porque la estamos perdiendo poco a poco y cada vez que se ve en el espejo es menos ella y más un espectro de lo que fue. Parece que en su mirada de niña perdida crece una horrible negrura. Y temo que se la va a tragar en cualquier momento.

Y daría lo que fuera por volver a tenerte aquí, para que la saques de este pozo al que se ha tirado con abandono. Porque ahora mismo parece que lo único que le queda es el monstruo que vive en su pecho y se come sus entrañas con saña. Es como si no pudiera ver la luz del sol, y parece a punto de romperse cuando la roza un poco el viento.

Así que vuelve a por ella, si es que todavía eres Estabilidad, y recupera lo que una vez fue nuestro.