El jardín de la casa de enfrente está destrozado.
La hierba ha desaparecido, aunque recuerda que cuando era niña era de color pajizo y le gustaba agacharse para tocarlo (aunque los demás niños creyesen que ese color enfermizo sólo era la prueba de que aquella tierra era venenosa) porque adoraba rebelarse contra esos tontos niños que la molestaban y contra sí misma. Y contra mamá.
Su madre se llamaba Mirla. Y su nombre le iba que ni pintado. Tenía el pelo negro, lacio, largo y brillante. Su piel era de porcelana y su voz era aguda, pero no un agudo irritante y chirriante. Más bien un agudo suave. Como si cantara a todas horas. También era reservada y no solía compartir sus inquietudes con el resto del mundo. Siempre decía "Dios proveerá", porque al parecer sólo Dios era sabedor de sus inquietudes y sus penas y sus miedos.
A día de hoy sabe que lo que mató a su madre no fue la fe (aunque su padre sigue repitiendo que sí lo fue desde que la enterraron bajo el olmo, junto a la tumba de Makenzy Fall). Más bien fue la testarudez de la propia Mirla, que se negaba a creer que su rosario y sus rezos no serían capaces de arrancarle el tumor. Qué cosas.
Cuando era cría no terminaba de entender por qué la gente se reía de ella, de sus vestidos, de sus peinados o de su forma de hablar. Cuando estaba en el tercer año de instituto tuvo que leer "Carrie" y de repente mucha gente dejó de molestarla. Porque leer ese libro fue como leerse a sí misma. Sólo que sin la parte de la telequinesis. Y ella sí sabía lo que era la regla cuando le bajó por primera vez. Esa quizás era la otra diferencia entre Carrie y ella
(Jenna, se llamaba Jenna. JennaJennaJennaJenna escribía a lápiz una y otra vez en lo márgenes de sus cuadernos, como si temiera olvidar quien era): su madre creía en Dios, y amaba a Dios, y era una devota que habría entregado su alma por, para y a Dios, pero también cuidaba de su hija.
"Son amores diferentes, Jenna. Dios nos ama como yo te amo a ti, porque es nuestro padre y creador. Somos sus hijos igual que tú eres mi hija.
No tenía ningún sentido, pero a estas alturas ha dejado de intentar entender a lo que se refería su madre siempre que hablaba de amor. Amar, en casa de los padres de Jenna, era rezar el Padre Nuestro antes de comer, era decir "Dios te bendiga" antes de salir de casa, era recibir un rosario cada año por su cumpleaños, era ser "Mi pedazo de cielo" o "Mi regalo del Señor". Amar, para la madre de Jenna, estaba ligado a la promesa de una tierra maravillosa que sólo podría ver el día en que muriese.
Ahora...
Ahora ya no lo sabe.
Cuando mira el césped del jardín de la casa de enfrente, vacío y gris, se pregunta cuan oscuro es el ataúd donde descansan los huesos de Mirla. Se pregunta por qué los rezos, el rosario y esa
devoción pura que sentía su madre hacia el Señor no fueron suficientes para curarla y darle unos años más. Se pregunta por qué sigue dudando cuando su madre, antes de morir, sólo dijo "Me lleva con él porque es lo que quiere, porque él así lo ha decidido. Jenna, no pongas en duda las acciones del Señor, porque él es sabio y sabe lo que hace. Acuérdate. Dios proveerá.".
Dios proveerá. Dios proveerá. Dios proveerá.
¿El qué?